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22/05/2011 Reconciliación sin impunidad Carlos Martín Beristain no quiere darle lecciones al país. Sin embargo, de su experiencia en comisiones de la Verdad y atención a víctimas luego de periodos de conflictividad se derivan enseñanzas que nadie debería desaprovechar en la Venezuela actual Etiquetas:pazconstructores de pazvenezuelaviolenciaimpunidadjusticiacarlos martin beristainconflicto
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Sebastián de la Nuez
Ponencia del Encuentro Internacional de Constructores de Paz 2010

Estuvo en 2000 en Caracas formando parte de un congreso que se ocupó de la atención psicosocial a las víctimas de la tragedia de Vargas. Pero la primera vez que vino a Latinoamérica desembarcó en El Salvador (1989), todavía en guerra civil. Llegó para hacer un taller sobre atención a víctimas de la tortura, una práctica sistemática en esa época bajo los regímenes enfrentados al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Después estuvo en Guatemala, en el contexto de un gobierno formalmente civil pero controlado por el ejército, previamente a la firma de los acuerdos de paz en 1996. Beristain es médico, especialista en educación para la salud y doctor en  psicología. Estuvo en el encuentro Constructores de Paz que se realizó en la Universidad Católica Andrés Bello en el marco de la campaña Hablando se entiende la gente.

Originario de Euskadi, ha orientado su profesión al servicio de los derechos humanos dentro de los escenarios más complejos. Se ha convertido en un experto en atención a víctimas de tortura y violaciones de derechos humanos en países como Guatemala, El Salvador, Colombia, México, Brasil, Perú o Ecuador entre otros. Además, ha sido asesor de varias comisiones de la Verdad (Paraguay, Ecuador, Perú, Guatemala) y perito para la evaluación psicosocial y médica de varios casos ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos; es profesor del máster universitario europeo en ayuda humanitaria internacional y fue coordinador del informe Guatemala Nunca Más.

Su visita, dentro del escenario de la UCAB y en un encuentro de experiencias que hablan de construcción de ciudadanía en paz, resultó de extraordinario valor. Aparte de su intervención, sostuvo entrevistas con la gente del Centro Gumilla.

Desde aquellos días de dolor e incertidumbre que sufrió junto a pueblos enteros de Guatemala o El Salvador no observa grandes cambios. El continente poco ha aprendido a solventar sus desequilibrios en santa paz.

Todavía seguimos viviendo la guerra de Colombia y la década de los noventa fue particularmente cruel con la población civil (…) además de los esfuerzos de otros países por salir de las dictaduras y hacer frente a las violaciones de los derechos humanos. No creo que estemos peor que en los ochenta, pero sí hay cambios en la configuración de la violencia. Por ejemplo, después de las firmas de los acuerdos de paz hemos visto en Centroamérica que se ha pasado de una violencia política a una más social, que también es fruto de la guerra y de los mecanismos que ha dejado la guerra. Las maras nacieron como instrumentos contrainsurgentes en la época de la guerra pero después han quedado como un subproducto de la propia guerra. Hay mecanismos que se han perpetuado y se han aplicado a otras esferas de la conflictividad social, económica o política. Y estamos viendo formas de funcionamiento de muchas maras que se parecen a formas que ponían en práctica servicios de Inteligencia en los años ochenta.

 
De aquí y de allá

Con todo el horror que ha visto y escuchado, y del cual ha tomado buena nota, Beristain no escapa, sin embargo, a los antecedentes de su propio terruño. Por eso no se anima a dar lecciones sobre lo que debe hacerse en Venezuela en esta etapa de conflictividad tan polarizada.

En España las heridas de la guerra nunca se cerraron porque se hizo una transición política sin derecho a la memoria. De hecho, después de la transición se empezaron a hacer algunas cosas pero todo eso se dejó de hacer después del 23 de febrero de 1981 [fecha del golpe que intentó el coronel Tejero]. De ahí hasta el año 2000 no hemos tenido ni un proceso de exhumación, ni búsqueda de desaparecidos. Ha habido una memoria todavía atada por el miedo. Las heridas del pasado no se curan porque pase el tiempo, como el miedo no se cura porque pase el tiempo; hay que hacer cosas para enfrentarlo. No estoy con el juez Baltasar Garzón en términos de lo que él hace o no hace, sino con el derecho de las víctimas al reconocimiento, a la búsqueda de los desaparecidos. Hay crímenes que no son amnistiables. Y eso lo dicen el tribunal europeo de derechos humanos y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Hay antecedentes en la conquista de derechos que hoy en día son inobjetables. Pero Beristain dice que, por otra parte, en España o en América o donde sea, muchas víctimas van a querer olvidar y eso hay que respetarlo.

 
 
Afirmación y resistencia

Empezó a trabajar en derechos de las víctimas de guerras y desastres naturales con unos refugiados latinoamericanos que se encontraban en España a mediados de los ochenta. Con exactitud, en identificación de señales de tortura; diagnósticos que verificaran el tipo de testimonio que la gente proporcionaba. Y de allí fue a El Salvador para hacer un curso de formación de personal de salud, con vistas a la redacción de informes que corroborasen evidencias de tortura. Los salvadoreños querían pasar de una denuncia política a una apoyada en pruebas. Allí empezó a interesarse por las personas y no sólo por las lesiones en sí mismas.

Escribió un libro sobre afirmación y resistencia que no se encuentra en Venezuela pero él resume: afirmación en el sentido de que la víctima no es un objeto que se destruye, sino que es sujeto de su propia historia. El libro está escrito desde la perspectiva de lo que puede ayudar a la gente a ponerse de pie, a recuperar y reconocer sus fortalezas; anima y se afinca en la capacidad de la víctima para enfrentar su situación; no es la visión de la víctima pasiva, alguien que sufre las consecuencias de la violación de los derechos humanos y se queda con eso. Dice Beristain:

He aprendido mucho de gente que ha sido muy golpeada, pero con mucha capacidad de enfrentarlo. El libro está escrito desde una lógica no individual sino colectiva. La paradoja de un conflicto armado, entre otras muchas, es que los impactos son colectivos pero no hay espacios de reconstrucción en grupo porque lo que queda es la desconfianza, la marginación o el estigma sobre la víctima: es muy difícil hablar, encontrar a alguien de confianza con quien poder hacerlo. El libro recoge experiencias de Argentina, Chile, Guatemala, El Salvador. Hay propuestas para hacer, pero propuestas que hemos trabajado.

 
Reconciliarse con justicia

Beristain ha estado narrando, en la mañana y en la tarde, quizás lo que han sido las experiencias más estremecedoras de su carrera como terapista de tragedias colectivas, si se le puede dar este título simplificador a un oficio que tiene más implicaciones y resonancias de las que se puedan, en verdad, resumir aquí. Ha hablado exhaustivamente de El Salvador y de su guerra civil que costó unas setenta mil vidas; y del horror que encarnó la ferocidad de la casta militar en Guatemala, donde hubo unos 200 mil muertos en una población de 11 millones de habitantes. Un recuerdo doloroso pues estuvo trabajando durante tres años con monseñor Juan José Gerardi, obispo auxiliar de Ciudad de Guatemala, levantando los testimonios que servirían de insumo para un informe de la Comisión de la Verdad. Pero, a los dos días de haberse presentado el documento con unos cinco mil testimonios, se produjo la más terrible venganza: el propio monseñor fue asesinado por individuos que habían pertenecido al gobierno durante el cual se produjo aquella matanza. A raíz de este suceso cundió el terror en muchas comunidades que habían participado dando sus testimonios. De todas formas ese proceso no se paró, pero ya no fue lo mismo. Un año después se presentó el informe de la Comisión de la Verdad, que se basó en todo el trabajo que se había hecho. Beristain y otros avanzaron más allá, ampliando la investigación aunque en un contexto muy precario debido a la actitud del propio Estado frente a la memoria, y por culpa también de los mismos partidos políticos guatemaltecos.

En fin: Beristain recalca que no sólo es importante el levantamiento de este tipo de informes, sino el seguimiento institucional que se les haga.

Sobre el tema de la reconciliación (algo de lo que se habla mucho en Venezuela), el médico coloca la re entre paréntesis porque en realidad, opina, en Latinoamérica se habla de sociedades que nunca estuvieron conciliadas. También hay que hablar de la calidad de las democracias que se ponen en marcha a partir de las reconciliaciones; cuáles son los nuevos consensos sociales y políticos que se construyen “Muchas veces se trata de que la historia de las víctimas, que ha sido negada, estigmatizada u ocultada, no se quede en la cuneta de la Historia”.

La justicia internacional no puede ser un fetiche del cual asirse cómodamente sin movilizar a la sociedad civil en cada lugar donde se hayan violado los derechos del Hombre. Es decir, no hay que esperar a que un Garzón dicte orden de detención a un Pinochet en algún lugar de Europa. Beristain pone de ejemplo el caso argentino: las leyes de punto final eran el único horizonte ante los perpetradores de las dictaduras pero las abuelas de Plaza de Mayo, que en su momento comenzaron a plantear el horror del robo de bebés, fueron las primeras en revertir la situación, planteando un crimen que no se había castigado ni estaba bajo las leyes de punto final. Es un ejemplo interesante porque, primero, puso énfasis en la organización de familiares y víctimas. Dice Beristain:

Quienes han impulsado estas agendas, al menos en los países que conozco, han sido las asociaciones de víctimas; con persistencia, así también con mucha represión y aun miedo, pero han sido las que han empujado.

 

También organismos como la CIDH juegan un rol importante, como cuando, en el caso de Argentina misma, fue decretada la amnistía como ilegal frente a crímenes de lesa humanidad. Y fue el caso del Perú de Fujimori: a partir de allí se creó jurisprudencia para otros países. Los medios de comunicación social también han jugado un papel importante, sobre todo en el caso argentino.

 
El caso Venezuela

Pero, ¿qué hace Beristain en Venezuela, si está acostumbrado a apoyar países en guerra civil? ¿Es acaso una situación semejante? En realidad, Beristain ha querido ver de cerca el impacto de la violación sobre los derechos humanos en un contexto de polarización social. En el pasado analizó algunos casos relacionados con el Estado venezolano: el Caracazo, el Retén de Catia y la tragedia de Vargas. Pero los vio dentro de una evaluación donde también se analizaron otros casos de América Latina, tratando de evaluar el impacto de la reparación o reparaciones en cada caso.

Pero ahora se le invitó por su experiencia en el tema de la polarización. En primer lugar, piensa que no hay que temerle al conflicto político. La polarización social es frecuente cuando los conflictos políticos se exacerban. Dice que la violencia tiene que disminuir para que aumente el conflicto político.

Vengo de un lugar donde hay conflicto político, el País Vasco; conozco la polarización en carne propia. Y si hablo allí de violencia terrorista, me van a decir que estoy ocultando la violencia del Estado. Y si hablo de violencia política, otros me van a decir que le estoy otorgando a ETA un status político que no debería tener. Y es que el propio lenguaje está sometido a la polarización, lo cual hace mucho más difícil la posibilidad de encontrar salidas a la crisis.

¿Por qué dice que no hay que tenerle miedo al conflicto político? “Porque a lo que hay que tenerle miedo es a esta polarización social”, contesta sin titubeos en referencia al caso venezolano:

Un país dividido entre un nosotros y un ellos excluyente. Eso hace que las preguntas tipificantes sustituyen a las de contenido. Así, la pregunta de qué lado estás sustituye a la pregunta de contenido qué es lo que dices. En el caso del País Vasco [no quiere aparecer como quien viene a dar lecciones a los venezolanos, por eso prefiere aludir a su propia nación] me interesa hablar de todos los sufrimientos para poder tener una memoria incluyente de todo y así armar una agenda de reconstrucción. No me interesa el nombre que le vamos a poner, especialmente si del nombre que le vamos a poner depende que no encontremos un espacio para poder hablar de las fracturas y de los impactos, y de las responsabilidades en esos impactos.

Cree que el tejido social debe protegerse, pues es conminado a ponerse en un sitio o en otro y allí radica su vulnerabilidad. Se necesita una estrategia de protección.

No sé cómo sería esa estrategia en el caso venezolano, pero lo que veo en otros países es: uno, se necesita no creerse los discursos de la polarización. Es decir, hay más variedad de la que se representa política o mediáticamente. El papel de los medios de comunicación suele ser bastante nefasto en este sentido porque reproducen las exaltaciones polarizadas, en lugar de visiones más críticas, más humanizadas y reales de esa realidad. Dos, hay que tener estrategias de visibilización de encuentros y de reconstrucción de la convivencia que se dan en contextos que parecían imposibles pero que, como nunca se representan socialmente, parecen inexistentes.

Agrega Beristain que en contextos polarizados todo se manipula muy fácilmente, o genera miedo. Los escenarios que permitan despolarizar actitudes hay que crearlos, no es cuestión de sentarse a ver llegar ese escenario. “Soy bastante crítico con esa visión según la cual hay que esperar a que el conflicto madure; hay que hacer que las condiciones se den, porque si no, no se van a dar”.

Un periódico no debe exaltar los pánicos morales; reproducir con su lenguaje la propia polarización; transmitir valoraciones de unos como si fueran un conglomerado único y coherente; el maniqueísmo lleva a reforzar ciertas posiciones. Los medios de comunicación social pueden hacer un aporte positivo contribuyendo a la visibilización de las experiencias de encuentro.

 
Ficha personal

Se considera un militante cristiano, lo cual quiere decir que ha estado desde muy joven involucrado con la actividad social. Tuvo, según cuenta, influencia del cura de su barrio y de su propio padre, Eugenio, quien formaba parte de una asociación católica antifranquista en los tiempos en que eso era sumamente arriesgado. Eugenio fue para él la imagen de la conciencia: nunca perdió la capacidad de indignarse ante el sufrimiento humano. “Esa capacidad de indignación no se nos puede olvidar. Es una energía movilizadora. No hay conciencia sin capacidad de indignarse”.

Leonor, su madre, le dio la parte del humor, porque el humor es necesario para no amargarse.
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