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16/04/2010 La paz es noticia: Escudo contra la violencia El diario El Nacional dedicó su sección de investigación periodística dominical a la construcción de paz en Venezuela usando algunos ejemplos del programa Hablando se entiende la gente. Etiquetas:pazvenezuelaconstruccion de pazhablando se entiende la gentered de accion social
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Publicado originalmente en la sección Siete Días
del diario El Nacional del domingo 11 de abril de 2010

Escudo contra la violencia
 
 
Las mujeres de Catuche lograron con el diálogo pacificar a las bandas de dos sectores que mantenían una guerra que enlutaba a la comunidad. Es uno de los máximos ejemplos de las iniciativas que surgen en la sociedad venezolana como anticuerpos frente a su máximo mal: la muerte

DAVID GONZÁLEZ 
dgonzalez@el-nacional.com

La paz llegó a Catuche cuando las madres del barrio decidieron sepultar sus miedos en lugar de seguir enterrando a sus hijos. Lograron lo que parecía imposible: restablecer la convivencia entre dos sectores vecinos, La Quinta y Portillo, que habían sido arrastrados por una guerra entre bandas de jóvenes, que ni siquiera recordaban por qué comenzaron a vivir con la meta de exterminarse entre sí, sin importar quiénes caían alrededor. Son muchos los rostros de esas mujeres, pero su testimonio tiene la fuerza de una sola voz: "Era muy triste y muy duro ver cómo se mataban esos chamos que vimos nacer y crecer". Se aferraron al único recurso que tenían, lo usaron como escudo y se amparan en él cuando sienten flaquezas: el diálogo. "Hablar. Eso fue lo que decidimos hacer". 



La tregua se respira en cada centímetro de esa zona popular de La Pastora, Caracas. 

Es miércoles en la noche y las mujeres de La Quinta están con sus vecinas alrededor de la cancha de Portillo, donde niñas de los dos sectores practican voleibol. Las madres contrapuntean chistes e intercambian risas sonoras. "¡Qué felicidad!", exclama Olga Padrón, quien sabe que cada minuto transcurrido es una victoria. Han pasado dos años y ocho meses desde el momento en que las mujeres de la comunidad tomaron la batuta y se acercaron a las bandas enfrentadas para ofrecerles una oportunidad: construir juntos un acuerdo de convivencia y un pliego de normas para resolver los conflictos sin disparar más tiros. Jaqueline Tovar no olvida la escala del logro: "Vamos a cumplir en septiembre tres años sin muertos y queremos celebrar con una torta bien grande". 

Padrón es vecina de Portillo y Tovar de La Quinta. Los dos sectores, donde viven 110 familias, apenas están separados por una calle de tierra, de no más de 200 metros, llamada La Ribereña, porque a un lado corre la quebrada Catuche. En la mitad del camino había una frontera invisible, que lo dividía todo en el pasado. Hoy a ambos lados de ese límite existen comisiones de diálogo, una en cada sector, constituidas por mujeres. Padrón y Tovar integran las de sus respectivas comunidades. La experiencia del contacto directo con los jóvenes que antes se mantenían enfrentados dio resultados sorprendentes e inmediatos. "Estaban dispuestos a oír y a ayudar. Se sentían cansados de la violencia", expresa una y la otra agrega: "Querían vivir sin estar asustados. Estudiar, ir a fiestas, hacer deportes". 

La lección de las madres de Catuche destaca como un haz de luz en medio del desaliento y como un ejemplo de las iniciativas de la sociedad que surgen como anticuerpos ante el virus de la violencia. En la última década, los homicidios fueron la causa de más de 115.000 muertes en Venezuela, 25.000 en Caracas. Las tasas del país y de su capital figuran entre las más elevadas del mundo y en buena medida son abultadas por las guerras entre bandas. El mensaje surgido desde ese barrio caraqueño, en un contexto semejante, ha llegado al más alto nivel: un equipo multidisciplinario de la UCV y la UCAB recibió el apoyo del Consejo de Prevención del Delito y Seguridad Ciudadana del Ministerio de Relaciones Interiores y Justicia para estudiar la experiencia e identificar las claves susceptibles de ser replicadas en otras comunidades. Las mujeres de Portillo y La Quinta se asustan por la mera posibilidad de salir de sus sectores a enseñar lo aprendido: "Nos da un poquito de miedo". 

Los investigadores que analizan la experiencia han pasado horas enteras en entrevistas con las madres. Ya anticipan conclusiones: "Su sabiduría radica en que han podido rescatar la humanidad de los muchachos a través del uso de la voz de la madre, que es una herramienta cultural muy importante", indica Verónica Zubillaga, quien forma parte del equipo junto con la abogada Gilda Núñez y los psicólogos Manuel Llorens y John Souto. 

"Trabajar con los jóvenes bajo ese enfoque no entra en la estructura de las políticas tradicionales que tienden a ser represivas", afirma Núñez. 

Parten del principio de que no puede considerarse la iniciativa como una caja de la que saldrán recetas mágicas ni salidas que dejen solo en las espaldas de las mujeres venezolanas un asunto en el cual el Estado tiene obligaciones que cumplir.

Respuesta final. No podía ser de otro modo: la reacción que sacudió a la comunidad provino de una madre a la que le mataron a su hijo de 17 años de edad en Portillo. El asesinato, ocurrido en agosto de 2007, hacía presagiar el recrudecimiento de una ola de homicidios que ya había hecho insoportable la situación del barrio. Los jóvenes se mataban, según los testimonios de las mujeres, porque habían asumido como propios viejos rencores y venganzas que comenzaron mucho tiempo antes, con las disputas de otros actores que estaban muertos o que no vivían allí. Joidy Medina, miembro de la comisión de paz de Portillo, recuerda aquel momento: "La mamá del muchacho asesinado quiso hacer algo para detener lo que pasaba. Era el segundo hijo que le mataban y no quería perder el que le quedaba". 

La mujer acudió a una institución de Catuche en la que confiaba: Fe y Alegría, red educativa y social de la Iglesia Católica, que se transformó desde entonces en una plataforma para el diálogo. "Nos pidió una reunión. Nos dijo que no quería que otras madres pasaran por lo que ella estaba pasando", dice Doris Barreto, quien acumula casi 3 décadas de servicio en el barrio como parte de la organización. La convocatoria fue exitosa: acudieron 25 personas. En esa asamblea de emergencia surgió la idea que cambió el curso de los acontecimientos. "Propuse a la gente de Portillo que organizara un grupo para hablar con la comunidad de La Quinta y aceptaron", señala Barreto. La gestión la llevó al otro lado de La Ribereña: "Le pedí a la gente de La Quinta que también se organizara y estuvieron dispuestos". Uno de los jóvenes involucrados en la violencia, incluso, brindó cooperación para que se estructurara la comisión de esa zona. 

Los grupos perfilaron un acuerdo de convivencia que fue aprobado en asambleas por los dos sectores. Su contenido arroja pistas sobre los códigos que pueden convertir una situación ordinaria en un enfrentamiento. Los muchachos se comprometieron, por ejemplo, a no provocar con señas a sus rivales. Tampoco podían hacerlo con yesqueros, linternas o luces láser, lo que usualmente derivaba en tiroteos. Los vecinos recuperarían la circulación libre por todas las áreas del barrio, pero los involucrados en el conflicto serían los únicos que no debían traspasar la frontera. 

Estos tenían que canalizar cualquier disgusto a través de los comités, que servirían como una instancia de contención. Nadie debía esgrimir de nuevo un arma y quien incumpliera cualquier disposición del pacto sería denunciado en bloque por las dos comisiones. Las comunidades, además, se comprometieron a silenciar los chismes. Xiomara Guevara, de la comisión de La Quinta, no elude las responsabilidades que han tenido las mujeres del barrio: "Esos chamos crecieron oyéndonos hablar de que alguna vez tal persona mató a su tío o a su primo. Y así les transmitimos un sentimiento negativo". 

Gran momento. La primera reunión conjunta se llevó a cabo en la sede Fe y Alegría en La Quinta. Las horas previas estuvieron cargadas de tensión. "Teníamos mucho miedo por lo que podía pasar". 



Con esa frase Nelly Pichardo, vecina de ese sector, resume el estado de ánimo colectivo. Pero rápidamente todo cambió y aquel momento marcó el resto del proceso. "Teníamos las mismas preocupaciones y queríamos las mismas cosas", completa Joidy Medina. Hubo una explosión. "Lloramos, nos abrazamos". Todo terminó más tarde a la venezolana: se salieron del guión, prepararon un buen sancocho y hubo una caimanera entre jóvenes que estaban al margen de la violencia, pero que hasta la fecha no podían aproximarse a las áreas vecinas sin correr riesgos. Ahí comprobaron que la comunicación también podía ser un arma poderosa. 

De las comisiones no sólo surgió el diálogo. La gente se organizó para efectuar operativos conjuntos de limpieza y jornadas sociales. Hay otro logro que llena de orgullo a las mujeres: la instalación del alumbrado público. El trabajo que por más de 25 años ha realizado en la zona el padre jesuita José Virtuoso, director del Centro Gumilla, se refleja en las nuevas tradiciones que reúnen hoy a los dos sectores en momentos especiales del año. Una es la instalación del pesebre en Navidad, el cual se despliega en el punto fronterizo entre Portillo y La Quinta: "Lo celebramos con una gran parranda", dicen Carolina Martínez y Margarita Guevara. 

Ya lo han hecho en tres oportunidades. La programación de Semana Santa también los acerca. El último Domingo de Ramos, por ejemplo, Virtuoso presidió una Caminata por la Paz en La Ribereña. Participaron niños vestidos de blanco. 

El objetivo: irradiar el mensaje de la convivencia a otros lugares vecinos todavía sumidos en conflicto. 

Que la iniciativa por la convivencia prosperara en Catuche no es una casualidad para Virtuoso. La comunidad fue un emblema de organización en la década de los noventa para la ejecución de proyectos de vivienda popular. En Portillo, las familias residen en edificios que fueron construidos como parte de un programa de sustitución de casas de alto riesgo. Otras que fueron levantadas del mismo modo se perdieron cuando creció la quebrada con la vaguada de 1999. 

"La gente no se amilanó y llegó a un acuerdo con el Consejo Nacional de la Vivienda. Si la comunidad conseguía los terrenos, las autoridades los ayudarían con los proyectos. 

Así se construyeron nuevos edificios en la Puerta de Caracas", relata el sacerdote. La conclusión es clara: "Hay tejido social, hay gente que tiene la costumbre de reunirse, de organizarse, de ejecutar tareas". 

Hoy las comisiones se reúnen quincenalmente por separado y tienen una cumbre una vez al mes. "Si hay una emergencia nos vemos de inmediato", afirman las madres de Catuche, que ríen cuando se les compara con las Naciones Unidas. Mantienen abiertos los canales de comunicación para recibir las inquietudes de los muchachos. No se engañan: mantener el diálogo ha sido un proceso difícil, con altas y bajas, que ha constituido una prueba personal de gran exigencia. Profesores del posgrado de Psicología Clínica Comunitaria de la UCAB las asisten. Los investigadores que analizan la experiencia no dejan de tomar notas sobre la capacidad que han tenido las mujeres para enfrentar situaciones de máxima tensión. Por eso Llorens y Souto coinciden en la importancia de que dispongan del mayor acompañamiento institucional. 

De la galería de recursos a los que han echado mano, destacan uno: "Debemos ser imparciales". Ha sido un criterio que las ha mantenido de pie en medio de aguas turbulentas. Las recompensas que han obtenido les hacen pensar que el esfuerzo ha valido la pena: "Antes eran tiros de aquí para allá y de allá para acá todos los día. No podíamos dormir. Si estabas fuera del barrio tenías que llamar para saber si había tiroteo". A todas les contenta el haber podido recuperar finalmente la posibilidad de celebrar la llegada del Año Nuevo en la calle. Pero hay otros cambios importantes: la mayoría de los muchachos se integraron actividades deportivas o se encuentran distanciados de la violencia. Las comisiones mantienen el trabajo porque saben que la tranquilidad que lograron debe ser cuidada como el bien más frágil del mundo, uno que no debería perderse con tan sólo otro tiro. 

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Un ejemplo que replica

La Red de Acción Social de la Iglesia Católica comenzó en julio del año pasado un proyecto nacional con un nombre elocuente: Hablando se Entiende la Gente. Es una iniciativa que tiene como propósito potenciar el diálogo y la convivencia como recursos para revertir un fenómeno que abraza al país: la instalación de una cultura de resolución de conflictos a través de la violencia. 

"Hemos venido realizando reflexiones en los últimos cinco años sobre el tema y nos preguntábamos qué podíamos hacer al respecto", indica el sacerdote José Virtuoso. 

"El ejemplo de las madres de Catuche nos sirvió como guía: ellas se apropiaron de la palabra para encarar la difícil situación que se vivía en su comunidad y creemos que ése es el camino correcto". 

En enero, los obispos divulgaron la Carta Pastoral sobre el Problema de la Violencia e Inseguridad. En el diagnóstico llamaban la atención sobre un hecho: "Con gran dolor vemos cómo Venezuela se convierte a pasos agigantados en una sociedad violenta". 

La movilización que respalda al proyecto compromete a un conjunto amplio de organizaciones: la Asociación Venezolana de Educación Católica; Fe y Alegría; Cáritas Venezuela; el Movimiento Juvenil Huella; el Movimiento Nacional de Laicos; el Grupo Social Cesap y el Centro Gumilla. 

Hablando se Entiende la Gente tiene la investigación académica como línea de trabajo. Los primeros estudios ya han sido divulgados y han tratado temas clave como la exclusión juvenil y la violencia escolar. 

Pero los conductores del proyecto se proponen lograr otros objetivos como multiplicar la formación para la paz, hacer campañas masivas en los medios de comunicación social e incidir en el diseño de las políticas públicas sobre seguridad y violencia. Virtuoso nocree que es un momento para cruzarse de brazos. 

Parte del trabajo adelantado se discutirá el 28 y 29 de mayo próximo, cuando se celebrará el Encuentro Internacional de Constructores de Paz en la Universidad Católica Andrés Bello. Habrá 11 mesas temáticas en las que se analizarán experiencias venezolanas en barrios, escuelas, cárceles y otros escenarios. 

En ellas también se reflexionará sobre los caminos que deben seguirse para superar la violencia como fórmula de vida. Los casos de países como Colombia, Guatemala, El Salvador y Brasil también serán estudiados. Una de las ponencias estará a cargo de Rubem Cesar Fernandes, que representa a una de las organizaciones con mayor trayectoria en el tema: Viva Río, de Río de Janeiro. 
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DEFIENDEN LA JUSTICIA DE PAZ COMO UNA SALIDA PARA ENFRENTAR LA VIOLENCIA

El Estado incumple y la gente reacciona

La aplicación de medios alternativos destaca como una de las fórmulas que la sociedad rescata para responder a su peor drama. María Josefina Ferrer, investigadora de la UCV, señala que las faltas oficiales motivan la respuesta
Eleonora Delgado
La experiencia de las mujeres de Catuche es un ejemplo de la llamada justicia restaurativa. "Ésta busca resolver el conflicto, superarlo o transformarlo y restablecer los lazos mínimos para la convivencia", indica María Josefina Ferrer, investigadora del Instituto de Ciencias Penales de la Universidad Central de Venezuela y experta en victimología. Recuerda un dato que no debe soslayarse: "La Constitución de 1999 fundamenta de hecho la aplicación de ese modelo". 

Los artículos 253 y 259 de la carta magna mencionan las nociones de la justicia de paz, la mediación, la negociación y la conciliación como medios alternativos que deben fortalecerse en Venezuela. 

Ferrer está consciente de que proponer fórmulas semejantes puede parecer ilusorio en un país con un problema de violencia criminal cuya escala hace pensar a la población en la represión y la cárcel como fórmulas exclusivas. "Debemos reflexionar sobre los resultados, porque la situación ha empeorado y eso está a la vista de todos". 

La crítica contra el sistema organizado alrededor de la justicia penal es compartida paradójicamente por la ciudadanía que le reclama mayor severidad: "El Estado no da respuestas, porque ni siquiera llega a conocer todos los delitos. Hay una gran impunidad y las cárceles no cumplen la función de rehabilitar a quienes se encuentran allí, pasa todo lo contrario". 

La incapacidad para procesar todas las causas se debe, según Ferrer, entre otras cosas, a que los escritorios de jueces y fiscales están recargados de expedientes con problemas que pudieron solucionarse con fórmulas alternativas. Éstas, obviamente, no funcionarán en todos los contextos, ni en todas las situaciones. Pero hay casos asegura la investigadora  en los que la concepción restaurativa se ha aplicado con éxito internacionalmente. 

"Se ha usado mucho con muchachos, con la justicia vinculada a los jóvenes. Se propician reuniones o conferencias con padres, padrinos, maestros, con el enfoque de mostrar las implicaciones y consecuencias de los actos en los que han incurrido". Las sanciones incluyen la incorporación y el trabajo por causas contra el delito y por la convivencia. Una directriz de Naciones Unidas, emitida en 2002, exhorta a los Estados a incorporar mecanismos de esa naturaleza en la justicia penal. El Código Orgánico Procesal Penal incluye desde 1999 los acuerdos reparatorios. "Es un proceso por el cual debemos transitar progresivamente, parece que no estuviéramos preparados, por eso el valor de una iniciativa con ese espíritu". 

Ferrer coincide en que el problema de la inseguridad ha adquirido tal escala que de la sociedad comienza a emanar un proceso de organización y colectivización que no se puede perder de vista. "El Estado falla en su obligación de proteger los derechos humanos de todos nosotros y por eso la gente responde. Ya no sólo le interesa cuidar su calle, cerrar los espacios, que al final no es la solución, sino hacer más". 

Considera que es positivo que la gente no deje únicamente en manos de las autoridades el problema y asuma el principio de corresponsabilidad que establece la Constitución. Pero queda claro: no excusa al Estado de que cumpla sus obligaciones y deje a la población huérfana en medio de su mayor drama.
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EN EL BARRIO LA LÍNEA DE PETARE, UNA MUJER DESACTIVA LOS CONFLICTOS
Una mediadora contra las balas
Sheilan Soto es una jueza de paz que ya ha salvado vidas. También acompaña a jóvenes de su comunidad que hacen videos artesanales para denunciar la violencia
En una ocasión, Sheilan Soto convenció de no disparar a un hombre que apuntaba directamente contra un ladrón que imploraba piedad. "El muchacho le intentó robar el radio reproductor del carro, el señor lo agarró y por eso me metí". En otra oportunidad, logró la conciliación entre una víctima herida de bala y quien le disparó. El joven agresor se comprometió a cancelar las medicinas y el tratamiento y además recibió una larga orientación. "A la víctima le dije que podía denunciar el hecho, pero no lo hizo. Sobre el que tenía el arma, puedo decir que reflexionó y ahora está tranquilo". 

Es el día a día de Soto, quien es jueza de paz en el barrio La Línea de Petare, donde es un referente para todos. Las cosas han llegado a un punto en el que ella casi prefiere no hablar de bandas: "Ése no es tanto el problema, como que cada quien está armado y hace lo que quiere". 

Por su trabajo ha recibido reconocimientos de instituciones nacionales e internacionales y ha probado la resolución exitosa de más de 22.000 conflictos. Además, se enorgullece de logros como haber rescatado a un joven adicto de su barrio. 

"Son los excluidos con los que nadie quiere trabajar". 

A pesar de todo, piensa que es poco lo que ha hecho frente a la magnitud de los problemas que existen: "Se hace lo que se puede. Las autoridades lo dejan a uno solo con el tema de la violencia. Uno pone las denuncias, da la información y no hay quien imponga la ley". 

Soto también ha acompañado a los jóvenes del barrio que desarrollaron por cuenta propia una pequeña industria artesanal del video. Transforman en relatos, crudos, no hay duda, una realidad con la que crecieron: la violencia. "Los he apoyado porque quieren transmitir un mensaje, desde aquí, desde adentro, hacia fuera. 

Quieren hablar de la impunidad, de las muertes, de las armas". Por un segundo motivo también los acompaña: "Esa actividad se ha convertido en un hobby, una forma útil de usar el tiempo". 

Ya ha aparecido en pantalla en cuatro de las películas. "No soy una Amalia Pérez Díaz, pero me fajo". 

Jackson Gutiérrez, un barbero de la comunidad, tuvo la iniciativa de hacer el primer título en 2006. Se acercó a Soto, le habló del proyecto y ella se animó. La jueza tenía la intención de utilizar el video en las charlas que ofrece los jueves en el barrio. En ellas se sensibiliza a los participantes sobre la importancia de la convivencia, de cómo prevenir y enfrentar la violencia intrafamiliar y del daño que causan las drogas y el alcohol. "La gente no lee. Por eso con la película queríamos reforzar la idea de que la vida violenta no deja nada bueno". 

En el rodaje participaron 47 muchachos que se apoyaron en armas de juguetes y en salsa de tomate para recrear los hechos de sangre. El resultado: Azotes de barrio. Soto, de hecho, hizo la presentación. 

El video de ficción se dispersó sin control en el mercado de los buhoneros. A pesar de la carga de moralismo y denuncia, su contenido hizo presumir a las autoridades que representaba una apología del delito y que los participantes eran, en realidad, miembros de bandas. En su momento, los expertos cuestionaron que ésa haya sido la única reacción oficial y que no se aprovechara la inquietud para realizar un trabajo preventivo basado en esa experiencia. "Hubo críticas negativas, pero lo que se ha hecho es importante". 

Los productores ya acumulan ocho videos."Hicieron, por ejemplo, un documental sobre el asesinato de un muchacho que participaba con ellos en las películas. Lo mataron para robarle la moto", dice la jueza de paz. Por nada abandona su misión por la convivencia. 
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PEDAGOGA PARA LA CONVIVENCIA
"El loro de la paz"

Luisa Pernalete fue hasta el año pasado directora regional de Fe y Alegría en Bolívar. 

Pidió que la relevaran del cargo porque quería dedicarse a tiempo completo a su mayor preocupación como pedagoga: fortalecer los valores para una cultura de paz en las escuelas. Su solicitud fue atendida no sólo por el interés de la institución en el tema, sino porque la profesora era la ideal para diseñar un proyecto de la dependencia a la que fue asignada: el Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín. 

Pasó meses en su casa para estudiar por dónde debía comenzar. "Llegué a la conclusión de que debía trabajar con las madres de los estudiantes, que siempre quedan relegadas para después a pesar de su importancia". Así diseñó un curso de paz y violencia que aún es un ensayo, pero que le ha dado lecciones para ampliarlo el año próximo. 

Trabaja en dos colegios de Fe y Alegría en San Félix, Bolívar, y en un liceo público de Barquisimeto, Lara, todos ubicados en zonas populares.

Reúne a las madres durante tres a cinco jornadas, que no son intensivas sino que se cumplen paso a paso. "Es una experiencia pedagógica en la que ellas, a través de una serie de ejercicios, identifican historias de violencia y de paz en sus vidas". 

El objetivo es ofrecer herramientas para la educación de sus hijos y para irradiar un mensaje de convivencia. 

"Te das cuenta de lo necesario que es orientar a la gente por la gran desatención en la que vive". Las madres deberán constituir comités mixtos con maestros y estudiantes para sumarse a una fórmula de trabajo integral. En julio Pernalete entregará un manual con los resultados del ensayo. 

Tiene 56 años de edad, de los cuales ha pasado 34 en Fe y Alegría. Hace 15 años también fue voluntaria de una organización que trabajó con la infancia abandonada. La experiencia le hace pensar que los problemas que los educadores de zonas populares enfrentaron hace tres décadas no son ni remotamente parecidos a los de ahora. "Hace 5 años perdimos en Guayana a los dos primeros alumnos por la violencia con balas". El primero fue un juez de paz escolar, de 12 años de edad, que intentó defender a su padre en un atraco. El otro, un muchacho de 15 años, desapareció y lo hallaron luego. "Esas muertes nos marcaron". 

A Pernalete la reconocen por su capacidad para emplear el humor como una fórmula de enseñanza. Es conferencista y tiene una presentación en la que exhibe "el morral del educador popular". Ahí reúne objetos inverosímiles que retratan el arte que debe practicar cualquier pedagogo que trabaje en una zona pobre. Con ella viajó a España y el diario El País de Madrid le dedicó una nota. Ahora tiene una variante: el "morral para la paz". Adentro lleva artículos metafóricos. Por ejemplo, unos lentes gigantes sin cristales para tener una "mirada desprejuiciada". O unos zarcillos que transforman los insultos en palabras bonitas. 

No tiene réplica de la paloma de la paz, porque la acompaña otro animal: un "loro de la paz". Simboliza lo más importante: "La convivencia se construye hablando".

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EN LA WEB Y EN LAS AULAS
Una cuestión de profesionales
Entre todos los mensajes que ha recibido, recuerda uno. No niega que le impactó. "Fue el de un hombre que presenció el asesinato de su hijo en la puerta de un centro comercial", dice José Gregorio Guerra, presidente de la asociación civil Quiero Paz. Los miembros de esta organización han utilizado las potencialidades de Internet y de las redes sociales para estructurar una gran plataforma receptora de testimonios y denuncias sobre la violencia. 

Estrenaron en agosto del año pasado una página web (www.quieropaz.org) que muestra un mapa sobre la incidencia delictiva: es el producto de una construcción colectiva en la que más de 300 usuarios de la red han dado sus aportes y contribuyen, según la filosofía de la asociación, a evitar que cualquier voz oficial minimice el alcance del problema. También se han valido del Twitter para mostrar minuto a minuto la información aportada por la gente. Todo le ha servido para palpar la necesidad colectiva de encontrar oídos abiertos ante el drama. "Ya tenemos 1.700 seguidores y estamos seguros de que seguiremos creciendo", dice Guerra. En Facebook, donde publican noticias que rastrean en Internet, han sumado más de 3.400 fanáticos que igualmente esperan aumentar. 

El grupo está constituido por jóvenes profesionales recién graduados. "Comenzamos como estudiantes y compartíamos la misma preocupación por hacer cosas concretas frente al problema de la inseguridad y la violencia". Provienen de distintas carreras como periodismo, sociología e ingeniería y de diferentes universidades. La primera motivación del proyecto era hacer el mapa para referenciar geográficamente la incidencia criminal. Pero a medida que avanzaron en el diseño del proyecto, incorporaron nuevos elementos: la página, por ejemplo, permite que los cibernautas se sumen a peticiones públicas dirigidas a las autoridades. Una es para respaldar un plan nacional de desarme masivo y la otra para que el Estado se esfuerce en desarrollar el modelo de cárceles productivas, que permitan una rehabilitación real de los reclusos. "Esto es muy importante porque la gente siente que la toman en cuenta". 

Las otras dos áreas contenidas en la página son la Agenda de Paz, una propuesta básica para atender el problema de la violencia desde una perspectiva integral, y Fábrica de Paz, en la que esperan desplegar investigaciones para contribuir con el debate público. "Este año haremos un relanzamiento de la página. Trabajamos para hacerla más amigable". 

Como en el caso de Quiero Paz, otras iniciativas son el reflejo de la preocupación de los profesionales. Una de ellas tiene un nombre que habla por sí mismo: Liga Antiviolencia. 

Su presentación formal no da rodeos: "Venezolanos sensibilizados por el tema de la violencia en todos sus aspectos, nos unimos con el objeto de prevenirla y combatirla. Insurgimos por la paz y por la vida, es nuestro lema". La iniciativa funciona desde hace año y medio y es el resultado del esfuerzo de responsabilidad social de un conjunto multidisciplinario de 60 especialistas, la mayoría psiquiatras, psicólogos y psicopedagogos, que forman parte de una empresa de servicios teraupéuticos y formativos denominada En Persona. Se organizaron para salir a las escuelas de las zonas populares de Caracas como parte de un programa llamado Parar y Volar. "Trabajamos con los niños de educación básica", indica Marisabel Salas, una de las directivas de la organización. Parar, en ese contexto, no es sólo un verbo sino el acrónimo de las partes de una secuencia metodológica: "Problema; analizo; resuelvo; actúo y reviso". 

"Transmitimos que existen herramientas útiles para conseguir metas sin tomar caminos fáciles", dice la vocera. En la primera fase dieron charlas y talleres y ahora el equipo trabaja para mejorar el acompañamiento de las instituciones visitadas. "No queremos que sea solamente ir una vez y ya". Hay casos especiales, de acuerdo con Salas, en los cuales los profesionales han mantenido la atención de niños que lo requieren fuera de los planteles. La violencia ha adquirido tal cotidianidad que hay pequeños con historias de vida que parecen de adultos. Por eso, no quieren dejarlos solos. 

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THINK TANKS ANALIZAN EL CRIMEN
Pensar y repensar
El término inglés les cae como anillo al dedo: think tank. 

Literalmente, la expresión se traduce como "tanque de pensamiento". Los asuntos de inseguridad, violencia, paz y convivencia son el objeto de centros especializados que no funcionan dentro de las universidades y que se han constituido como organizaciones no gubernamentales. Su objetivo es producir conocimientos para mejorar la comprensión de un fenómeno complejo y para incidir en el diseño de políticas públicas y en la promoción de proyectos locales exitosos. 

El Instituto de Investigaciones de Convivencia y Seguridad Ciudadana es un ejemplo. Fue creado por expertos venezolanos que participaron en Bogotá, Colombia, en un diplomado internacional sobre el tema. 

"Surgió por una necesidad muy sentida: apoyar las decisiones con metodologías científicas e indicadores confiables", indica su director, Pedro Rangel, quien durante ocho años encabezó la Dirección de Seguridad Ciudadana de Chacao. 

El equipo desarrolla líneas de estudio en áreas como la violencia intrafamiliar, los homicidios, los entornos sociourbanos inseguros y el capital social, por ejemplo. Uno de sus trabajos consistió en un diagnóstico y una propuesta sobre participación de ciudadanía en la prevención del delito. Otro producto, desarrollado con la encuestadora Delfos, fue la medición de la percepción de los caraqueños ante la inseguridad. También patrocinaron un diplomado internacional que se realizó con la Universidad Tecnológica del Centro. 

La asociación civil Paz Activa trabaja en el mismo sentido. Se fundó a principios de la década y en principio trabajaba principalmente con el tema del acceso a la justicia. Pero la escala de la violencia hizo que se ampliara con el tiempo la óptica de la institución, según Luis Cedeño, uno de sus directores: "Paz Activa supone que no hay pasividad sino búsqueda". 

La organización también diseñó un diplomado sobre seguridad ciudadana pero con la Universidad Monteávila. Entre los proyectos figuran las asesorías a los cuerpos de seguridad. 

Con la Policía de Miranda se trabaja en un plan piloto para la aplicación de un nuevo paradigma de gestión orientado a la resolución de problemas, que busca superar el modelo predominante basado en la reacción ante las emergencias. 

La producción de estudios y la divulgación son parte de sus actividades habituales. 


Agradecemos al diario El Nacional y al periodista David González la realización de este gran trabajo de investigación.
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