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25/11/2009 | LuisCarlos Díaz Anexo: Análisis de Coyuntura III Política de seguridad ¿Oportunidad o amenaza para la integración? Anexo al tercer análisis de coyuntura regional, dedicado a las políticas de seguridad, gasto militar y armamentismo en América Latina y el Caribe. El estudio incluye la presencia de bases militares de Estados Unidos en territorio colombiano Etiquetas:analisiscoyunturaamerica latinacaribepoliticaintegracionarmamentismo
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páginas tienen como objetivo presentar un panorama general en torno al tema de las actuales políticas de seguridad y su impacto en las relaciones de integración. Se busca así analizar si las estrategias de seguridad logran acercar a los gobiernos de la región hacia posiciones comunes o si, por el contrario, generan mayores tensiones entre los mismos.

Las bases de la discordia o de cómo una decisión “de política interna” nos cambia el panorama

A mediados de Julio del presente año el gobierno colombiano anunció públicamente la firma de un convenio de cooperación militar con el gobierno de EE.UU. a raíz del cierre de la base norteamericana en Manta, Ecuador.

Las autoridades colombianas fueron enfáticas al declarar que el propósito de tal convenio era la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo en el territorio colombiano y que tal decisión no debía en lo absoluto afectar las relaciones con terceros estados. En el transcurso de las semanas que siguieron a este anuncio se fueron conociendo más detalles sobre las bases que serían utilizadas por los militares y técnicos norteamericanos: las bases del Ejército en Larandia (sur, departamento de Caquetá) y Tolemaida (centro, Cundinamarca y Tolima); las aéreas de Malambo (norte, Atlántico), Palanquero (centro, Cundinamarca) y Apiay (sur, Meta), así como en las navales de Cartagena (norte) y Málaga, en el Pacífico. Como parte del discurso oficial, los ministros de la defensa y la cancillería colombiana reiteraron en diversas ocasiones que las bases eran “bases colombianas” en las que “se brindaba acceso” a Norteamérica.

Las reacciones de los países vecinos no se hicieron esperar. Venezuela, país que comparte la frontera más larga con Colombia (aproximadamente 2.200 Km) condenó duramente la decisión y procedió a retirar a su embajador en Bogotá. Otros países, como Brasil, Chile y Argentina, exigieron claridad y precisión sobre las bases del acuerdo, pues a pesar de las declaraciones del gobierno de Colombia poco se sabe sobre el alcance del mismo, como por ejemplo el tipo de equipos de inteligencia que serían utilizados. Los presidentes de Nicaragua y Bolivia denunciaron el acuerdo como “una amenaza “y como una nueva forma de “ocupación” por parte de los EE.UU. hacia América Latina.

A pesar de la crítica y las condenas, el gobierno colombiano se ha mostrado firme en su decisión de permitir el uso de siete bases militares en su territorio a militares estadounidenses. No es posible dejar de preguntarnos qué expectativas reales y cálculos políticos habían hecho los gobiernos de la región después del cierre de la base de Manta. Colombia es hoy por hoy el principal aliado militar de EE.UU. en Suramérica, habiendo recibido desde el año 2000 más de US$ 5.000 millones en asistencia militar contra el narcotráfico en el marco del Plan Colombia. La posición de varios países latinoamericanos, ha estado enfocada en percibir el acuerdo como una abierta amenaza para su seguridad.

Para otros actores en la región, como podrían ser el caso de Perú o hasta la posición casi complaciente del nuevo mandatario panameño, el escenario es más bien de espera y de búsqueda de mayores explicaciones ante el desconocimiento generalizado sobre los detalles del acuerdo. Tal situación nos lleva necesariamente a concluir que las “bases de la discordia” sólo han servido para exacerbar tensiones ya existentes en una América Latina dividida por alianzas político-económicas fundamentadas en proyectos políticos particulares y sub-regionales.

Se estima que EE.UU. tiene en aguas del Caribe buques de guerra que cuentan con la misma, e incluso mejor tecnología que la que instalarán en Colombia. A pocas millas náuticas del mar territorial de Venezuela, radares de última generación, aviones con tecnología stealth y otras muestras del poderío militar norteamericano, se pasean libremente, y con posibilidades de hacer hoy, en este instante, todo eso que anuncian algunos que harán con las bases.

En conclusión, Estados Unidos no necesita en lo absoluto estas bases para llevar a cabo esas acciones que muchos indican. Ciertamente se aprecia un exceso de retórica, sin embargo, las bases tienen un significado de ampliación territorial de la presencia militar de EE.UU. que molesta a la mayoría de países vecinos, especialmente en un contexto en donde se está reivindicando la autonomía regional.
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